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Escapada desde Nueva York a los Catskills: el plan de tres días que casi nadie cuenta en español

Cancelé las dos últimas noches que tenía reservadas en Manhattan para venirme aquí. Y cero arrepentimiento.

A dos horas de Times Square hay un sitio del que vuelves convencida de que no has visto Nueva York hasta que has salido de Nueva York. Se llama los Catskills —Catskill Mountains, técnicamente— y es la versión norteamericana de lo que aquí entenderíamos por escapada slow: pueblos pintados, diners de carretera con libro de cocina propio, casas victorianas perdidas en el bosque y la tranquilidad que después de la ciudad casi se oye.

Te cuento cómo lo hice: tres días, dos noches, alquilando coche en Manhattan. Y por qué creo que es el complemento perfecto a un viaje a Nueva York si esta vez quieres volver con algo más que la foto del Empire State.

Aviso de transparencia: en este post hay algunos enlaces de afiliado (seguro de viaje, coche y hotel). Si reservas a través de ellos, yo me llevo una pequeña comisión sin que a ti te cueste un euro más. Solo enlazo lo que efectivamente usé y recomendaría a una amiga.

¿Por qué los Catskills y no los Hamptons?

Si has leído algo sobre escapadas desde Nueva York, te habrán hablado de los Hamptons. De Long Island. Los Catskills llevan años siendo el secreto a voces de los neoyorquinos que se han cansado de los sitios «de revista» —el Brooklyn cool se vino aquí hace una década y no se ha ido—, pero por algún motivo todavía no han llegado a las guías españolas.

Lo que vas a encontrar:

  • Bosque de verdad. Estás dentro del Catskill Park, una reserva forestal protegida más grande que muchos países pequeños europeos. En la zona hay fauna: osos negros (no son peligrosos), pavos salvajes, ciervos…
  • Pueblos diminutos con personalidad. Hablamos de villages de 500-600 habitantes con su Main Street, su diner, su librería, su anticuario.
  • Cocina farm-to-table sin postureo. El chef cogiendo hierbas del bosque a las ocho de la mañana para tu cena de las ocho de la noche. Literal.
  • Distancia perfecta. Dos horas en coche desde Manhattan. Ni demasiado cerca para que sigas en órbita de la ciudad, ni demasiado lejos para que se te coma medio día de viaje.

Cómo llegar: alquila el coche en Manhattan (y por qué importa)

Voy a ser directa: a los Catskills se va en coche. Hay autobús desde la estación de Port Authority (la compañía se llama Trailways), pero te deja en el pueblo y allí, sin coche, no puedes moverte. La gracia de los Catskills es precisamente ir parando: el diner, el pueblo pintado, el mirador, el sendero. Sin coche, te pierdes la ruta.

Mi recomendación práctica:

  • Recoge el coche el día que salgas de Manhattan, no antes. Tener coche en la ciudad es un castigo (parking en Manhattan: 50-80 dólares la noche).
  • Hay oficinas de alquiler en todo Midtown, alrededor de Penn Station y Grand Central. Sales del hotel, andas diez minutos, te subes al coche y a la autopista.
  • Tomas la I-87 North (New York State Thruway) dirección Albany. Salida 19 en Kingston. Desde ahí enlazas con la Route 28 y entras oficialmente en territorio Catskills.

Yo lo reservé a través de Discover Cars, que es un comparador que cruza precios entre las grandes empresas de alquiler (Hertz, Avis, Enterprise, Budget…) y te queda con el más barato del día. Para una escapada de tres días salió por debajo de lo que esperaba.

Parada 1 · Phoenicia Diner: tortitas con libro de cocina propio

La primera parada obligatoria, en cuanto pisas la Route 28, es el Phoenicia Diner. Llevo años viendo diners en películas, y este es de los que parecen sacados de una. Y tiene una historia que da gusto contar:

Lo construyeron en 1962 y empezó su vida como un diner clásico de los de toda la vida. Pero en los años 80, los dueños de entonces decidieron que querían un cambio de vida y se lo llevaron entero —el edificio, sí, literal— de su ubicación original a este punto exacto de las montañas Catskills. Built in 1962 and moved to the Catskills in the early 80s.

Y aquí estuvo cincuenta años siendo el diner del pueblo, sin más. Hasta que en 2011 un brooklynita llamado Mike Cioffi se enamoró del sitio, lo compró, fichó al chef Chris Bradley (que venía de cocinar en algunos de los mejores restaurantes de Manhattan y D.C.) y lo convirtieron en lo que es hoy: un diner que mantiene el alma de los años 60 pero con una cocina que ha hecho que el New York Times escriba sobre él y que ellos mismos tengan su propio libro de cocina publicado por Random House (finalista del premio IACP, por si esto significa algo para ti — el equivalente americano a un Premio Nacional de Gastronomía).

Qué pedir, sin pensarlo:

  • Las buttermilk pancakes. Son la firma de la casa y vienen en su libro. Pídelas con sirope de arce —local, claro—.
  • El smoked trout skillet: huevos revueltos cremosos con trucha ahumada y crème fraîche. Suena raro, está espectacular.
  • El café. En los diners americanos te lo van rellenando sin parar y forma parte de la experiencia.

📍 Phoenicia Diner · 5681 Route 28, Phoenicia, NY · Abierto desayuno y comida.

Tip: pregunta por la pulsera de Rail Explorers (te cuento en un momento por qué). Si pasas el mismo día, te hacen 10% de descuento en la comida.

Parada 1.5 · Rail Explorers: pedalear por las vías de un tren abandonado

A cinco minutos andando del Phoenicia Diner hay una experiencia que cuando te la cuentan piensas «esto es invento». Pero existe, es real, y es de las cosas más extrañamente memorables que he hecho en mucho tiempo.

Te explico: en 1899, los Catskills tenían una línea de ferrocarril que conectaba el río Hudson con el interior de las montañas, la Ulster & Delaware Railroad. Llegaba a tener más de 170 km de vía. El servicio de pasajeros se cerró en 1954, el de mercancías en 1976, y los raíles quedaron ahí, en mitad del bosque, oxidándose.

Hasta que en 2017 una empresa, Rail Explorers, tuvo una idea que es media estupidez media genialidad: fabricaron unos «rail bikes» — unos cacharros de cuatro ruedas de acero, pedaleados, con asistencia eléctrica al pedaleo, sobre los que te subes con tu pareja, tus amigas o tu familia. Encajan exactamente en el ancho de la vía y te dejan pedalear por raíles de tren reales, atravesando el bosque, bordeando el río Esopus, con los puentes de hierro originales, las viejas estaciones recuperadas, los pájaros y, según con quién hables, alguna oportunidad real de ver águilas calvas.

Cómo funciona:

  • Salen del antiguo depósito de Phoenicia (al lado del Empire State Railway Museum, de 1899).
  • Eliges el tour: River Run (8 millas ida y vuelta, 2,5 horas — el más completo) o Mt Tremper Express (4 millas, 1,5 horas — más cortito).
  • Hay también un Lantern Ride al atardecer con farolillos y un Golden Hour justo al ocaso, que es el que yo elegiría si tu prioridad son las fotos.
  • Los vehículos son de 2 plazas (tandem) o 4 plazas (quad). Uno de los ocupantes tiene que tener 16+ años para gestionar los frenos. Lo demás es paseo puro.

Lo de la asistencia eléctrica es lo que hace que esto funcione: no es deporte, no es esfuerzo, no acabas sudando. Pedaleas relajada y la electricidad hace el resto, incluso en los tramos cuesta arriba.

Precio orientativo: unos 85$ por vehículo tandem (dos personas) o 150$ por vehículo quad (cuatro). Es decir, entre 35 y 45$ por persona dependiendo de cuánta gente seáis. Bookea con antelación: en verano se llenan rápido.

📍 Rail Explorers Catskills · 70 Lower High St., Phoenicia, NY · railexplorers.net


Parada 2 · Tannersville, el pueblo pintado

Subes por la Route 23A montaña arriba y, sin esperártelo, en una curva, aparece Tannersville. Es un pueblo de 568 habitantes según el último censo, escondido en lo alto de la montaña, y se autodenomina con todo el orgullo del mundo «the painted village in the sky»: el pueblo pintado del cielo.

La historia de cómo llegó a ser eso me parece preciosa, así que te la cuento corta:

En 2003, una artista sudafricana afincada en el pueblo, llamada Elena Patterson, pintó su casa familiar gris de naranja, morado, amarillo y verde. Una sola casa. Una decisión personal. La cosa llamó tanto la atención que el New York Times escribió un artículo, y Patterson, junto a la Hunter Foundation local, lanzó un Paint Program para que los demás vecinos hicieran lo mismo.

Veinte años después, la Main Street entera de Tannersville está pintada en pasteles imposibles —lavanda, verde menta, magenta, amarillo neón, turquesa— y desde 2008 forma parte del Registro Nacional de Lugares Históricos de Estados Unidos.

No es un set. No es un filtro. Es un pueblo de verdad donde la gente vive todo el año, donde hay un instituto, un bar, una panadería, un anticuario. Y donde cada casa parece pintada por una niña de seis años a la que han dado libertad creativa absoluta.

Qué hacer aquí, sin pretender mucho:

  • Caminar Main Street entera de punta a punta (tarda 20 minutos andando).
  • Parar a tomar algo en Maggie’s Krooked Café, el sitio del desayuno por excelencia.
  • Entrar a Last Chance Antiques & Cheese Café —sí, anticuario y quesería en uno, en serio— y comprar quesos locales para picar luego en la habitación.
  • Si te coincide el día, asomarte al Orpheum Performing Arts Center, una sala de 350 butacas que programa jazz, danza y cine independiente todo el año.

Dónde dormir: Deer Mountain Inn

Aquí es donde el viaje cambia de marcha. A 10 minutos de Tannersville, en lo alto de la montaña, al final de un camino que se mete en el bosque, está el Deer Mountain Inn: una casa de estilo Arts & Crafts construida a finales del siglo XIX, sobre una finca privada de 168 acres —unas 68 hectáreas— de bosque, prados y vistas a los Catskills.

Lo que tiene de especial, en orden:

1. La casa. Seis habitaciones en el edificio principal, cada una distinta, decoradas con anticuariado real, textiles William Morris y baños modernos sin perder el alma de la casa. Y cuatro cabañas independientes, construidas hace poco pero con el mismo lenguaje arquitectónico. Cada cabaña lleva el nombre de un escritor o artista que pasó por los Catskills (Maude Adams, Mark Twain…). Compra marshmallows. Si estás en una cabaña tendrás tu propio fuego. Si te quedas en el hotel, hay fuegos en el jardín. Planazo total.

2. El restaurante. El chef es Corwin Kave, semifinalista del James Beard Award (que es lo más cerca de un Premio Nobel que tiene la gastronomía americana). Cocina de temporada, ingredientes locales, lista de vinos premiada tres veces por Wine Spectator.

3. Los detalles. Te reciben con galletas de chocolate recién salidas del horno. Hacen ellos el pan que sale a la cena. Te dejan un cesto con cosas en la habitación. Hay hogueras encendidas por las noches en el jardín, con mantas dobladas en cada silla por si refresca. Un loft en el ático con biblioteca, mesa de billar, juegos de mesa y honor bar —te sirves tú, anotas, pagas al final—.

4. Lo que no tiene. Y esto es lo importante: no hay spa de 1.000 m², no hay piscina infinita, no hay ningún elemento que ya hayas visto cien veces en Instagram. Es boutique de verdad, no boutique-de-revista.

Yo me quedé dos noches. Es la duración correcta. Una se queda corta. Tres ya es demasiado si tienes Manhattan esperándote.

👉 Ver disponibilidad y precios del Deer Mountain Inn

📍 Deer Mountain Inn · 790 County Route 25, Tannersville, NY 12485.

Qué hacer en verano (junio–agosto)

Esta es la mejor época para venir si lo tuyo no es el otoño foliage ni el invierno de esquí. El verano en los Catskills es verde, fresco, con cielos limpios y temperaturas amables (suele rondar los 22-27 °C de día, fresquito por la noche). Lo que yo haría:

  • Kaaterskill Falls. La cascada más famosa de los Catskills, a 15 minutos en coche de Tannersville. Caída de más de 80 metros en dos tramos. Hay un sendero accesible y un mirador desde la carretera para quien no quiera caminar.
  • Senderismo en la propia finca del Deer Mountain Inn. Tienen mapas en recepción y un lookout en lo alto con vistas espectaculares.
  • Hunter Mountain. En verano funciona el telesilla panorámico (sin esquíes, claro) que sube hasta la cima.
  • Mountain Top Arboretum. Un arboreto pequeño pero precioso, gratuito, cerca de Tannersville.
  • Una cena larga en el restaurante del Deer Mountain Inn. Reserva por adelantado, no es opcional en temporada.

Alternativa para la segunda cena: Prospect, en Scribner’s Catskill Lodge. A 15 minutos en coche del Deer Mountain Inn, en Hunter. Scribner’s es el lodge más conocido de toda la zona —fórmula brooklynita clásica: edificio antiguo restaurado con muchísimo gusto— y su restaurante, Prospect, tiene unos ventanales del suelo al techo con vistas frontales a Hunter Mountain que son cine. Cocina Hudson Valley contemporánea del chef Joseph Buenconsejo. Buena alternativa para no cenar dos noches seguidas en el inn (que está delicioso, pero conviene salir).

📍 Prospect at Scribner’s Catskill Lodge · 13 Scribner Hollow Rd, Hunter, NY.


Antes de ir: el papeleo aburrido (pero importante)

Dos cosas que no te ahorras si vienes a Estados Unidos:

1. El ESTA. Es la autorización electrónica de viaje. Se tramita online en la web oficial del gobierno estadounidense (cuesta 21 dólares, dura dos años) y la tienes que tener resuelta al menos 72 horas antes de embarcar. No la dejes para el último día.

2. El seguro de viaje. Y aquí no me canso de repetirlo, te lo digo por enésima vez en este blog: una consulta de urgencias en Estados Unidos puede salirte por más de 1.000 dólares. Una caída tonta con una pierna rota se convierte fácilmente en 20.000–30.000 dólares. La sanidad pública americana, sencillamente, no existe.

Yo viajo con Heymondo, una aseguradora española con asistencia 24 horas en español y app con videoconsulta médica incluida. Para un viaje de 10 días a Nueva York me sale por unos 50-60€ —menos de lo que cuesta un brunch decente en Brooklyn—.

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Pro tip de seguros: contrátalo en cuanto tengas vuelos. La cobertura de cancelación arranca desde el momento que pagas la póliza. Si una semana antes del viaje te pones enferma, te lo cubre.

3. Una eSIM para tener datos desde que aterrizas. Esta te la cuento porque me ha cambiado la vida viajera y no es exageración. El roaming de las operadoras españolas en Estados Unidos es, sencillamente, un robo: estamos hablando de tarifas de 10-15€ al día con datos limitados. Multiplica por los días que estés y haz cuentas tú misma.

La alternativa elegante es una eSIM. Para quien no lo sepa: es una SIM virtual que se instala en el móvil (la mayoría de móviles de los últimos 4-5 años la soportan, iPhone desde el XS). La activas justo al llegar y listo, datos como si estuvieras en España.

Yo uso Holafly. Empresa española, atención al cliente 24 horas en español, datos ilimitados en USA por unos pocos euros al día —y, importante para los Catskills, cobertura en todo el territorio, no solo en grandes ciudades—. La instalas escaneando un código QR, no hay que cambiar la SIM física, y mantienes tu número español por si te llaman al WhatsApp.

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Pro tip de eSIM: instálala antes de salir de España (necesitas WiFi para la instalación), pero NO la actives hasta que aterrices en Nueva York. El contador empieza a contar al activarla, no al instalarla.


Si tu cabeza ya está en otro viaje (o en este)

Si has llegado hasta aquí y, en vez de pensar «me apunto los Catskills para mi próximo Nueva York», lo que estás pensando es «yo lo que quiero es que alguien me lo monte todo entero, vuelos, hoteles, ruta, traslados, lo que sea»… te entiendo perfectamente. Hay momentos en la vida para hacer DIY y hay momentos para delegar.

Desde mayo trabajo con Pangea, una agencia premium española especializada en viajes a medida (Japón, Sudeste Asiático, África, road trips por Estados Unidos, lunas de miel…). Si lo que tienes en la cabeza es un viaje grande, bien diseñado, sin tener que organizar tú nada, son los que yo recomiendo. Desde el link tendrás acceso a más de 1000 euros de cescuento.

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Extra · Hudson, la parada de vuelta que cambia el viaje

Si vas a hacer este viaje, te pido una sola cosa: no vuelvas directa a Manhattan. A 45 minutos al este de Tannersville, justo de camino, está Hudson, y es de esos sitios que justifican alargar el día tres unas horas.

Hudson es una ciudad pequeña a orillas del río del mismo nombre que tuvo dos vidas. La primera, industrial: en el siglo XIX fue un puerto ballenero y luego un centro manufacturero. La segunda, la actual, empezó cuando, después de décadas de decadencia, los brooklynitas con buen ojo —anticuarios, decoradores, galeristas, chefs— empezaron a comprar las casas victorianas baratas y abrir aquí lo que no podían permitirse en la ciudad. Hoy es una de las paradas más codiciadas del Hudson Valley.

Toda la acción está en Warren Street, una calle de poco más de un kilómetro que sube en línea recta desde el río. Lo que vas a encontrar caminándola entera:

  • Más de 60 anticuarios repartidos en siete manzanas. Desde antigüedades suecas y belgas del XVIII en sitios como Red Chair on Warren, hasta vintage americano puro en Finch o The Hudson Mercantile. Esto no es un anticuario, es una ciudad de anticuarios.
  • Galerías de arte contemporáneo — Carrie Haddad Gallery (la primera de Hudson, abierta en 1991) representa a artistas del valle.
  • Tiendas de decoración, librerías independientes, tiendas de flores secas, perfumerías de autor.
  • Sitios para comer. Yo paré a hacer brunch tranquilo en el café de The Maker Hotel (302 Warren Street), que ocupa tres casas históricas reconvertidas en un boutique hotel bohemio-glamuroso. El café de día está abierto al público —no hace falta ser huésped— y tiene un conservatorio acristalado lleno de plantas que es exactamente el tipo de sitio donde quieres parar a la una del mediodía. La pastelería sale de Bartlett House, la panadería local de referencia.

Lo que yo haría con tres-cuatro horas:

  1. Aparca en la parte baja de Warren Street (junto al río).
  2. Sube andando la calle entera, parando en lo que te llame. Sin ruta fija. Hudson se camina así.
  3. Brunch o comida a media subida, donde el cuerpo te pida.
  4. Si te quedan ganas, asómate al Hudson Amtrak Station y a las vistas del río al final de la calle Warren.

Un extra cultural por si te interesa: a 15 minutos al sur de Hudson está Olana, la casa-museo del pintor Frederic Edwin Church, fundador de la Hudson River School (la primera escuela pictórica netamente americana). La casa es de estilo orientalista, con vistas espectaculares sobre el río, y se puede visitar. Yo no llegué esta vez —el tiempo no daba— pero está en mi lista para la próxima.

📍 Hudson · Warren Street, Hudson, NY 12534 · A 45 min de Tannersville, 2h15 de Manhattan.


Resumiendo: el plan de tres días, día por día

Día 1 — Manhattan → Phoenicia → Tannersville → Deer Mountain Inn
Salida de Manhattan a media mañana (recoges coche). Almuerzo en Phoenicia Diner. Paseo por Tannersville. Check-in en el inn. Cena en el restaurante.

Día 2 — Naturaleza pura
Mañana de Rail Explorers (reserva el tour de las 9:00 o las 11:30, el sol todavía no aprieta). Vuelta a Phoenicia Diner a comer algo ligero —enseñas la pulsera para el 10% de descuento—. Tarde de Kaaterskill Falls o senderismo por la propia finca del inn. Cena larga.

Día 3 — Vuelta vía Hudson Mañana tranquila en el inn, desayuno sin prisa, check-out a media mañana. Conduces hasta Hudson (45 min). Tres-cuatro horas paseando Warren Street, brunch o comida en algún sitio que te llame, y vuelta a Manhattan a media tarde (2h15 desde Hudson).

Tres días, dos noches, sin estrés. Y vuelves a Manhattan con la sensación de haber estado en un país distinto.o.


¿Te lo guardas para tu próximo Nueva York? Cuéntamelo en comentarios o por DM en Instagram @marlenamalden. Y si quieres recibir un email al mes con un rincón así —descubierto, probado, sin postureo— te dejo aquí la newsletter [enlace a MailerLite].


Lugares mencionados en este post

  • 📍 Phoenicia Diner · 5681 Route 28, Phoenicia, NY
  • 📍 Rail Explorers Catskills · 70 Lower High St., Phoenicia, NY
  • 📍 Tannersville · Painted Village in the Sky, NY
  • 📍 Deer Mountain Inn · 790 County Route 25, Tannersville, NY
  • 📍 Prospect at Scribner’s Catskill Lodge · 13 Scribner Hollow Rd, Hunter, NY
  • 📍 Kaaterskill Falls · Haines Falls, NY
  • 📍 Hudson · Warren Street, Hudson, NY
  • 📍 The Maker Hotel · 302 Warren Street, Hudson, NY

Si te ha gustado cómo cuento este destino…

Te dejo entrar en el que de verdad me obsesiona.

Escribo sobre muchos sitios, pero hay uno al que vuelvo desde hace años y que sigue dándome nuevas capas cada vez que aterrizo: Japón. Y por eso pasé meses metiendo todo lo que sé en dos guías que ahora puedes descargarte gratis:

  • Japón en 9 días · Guía para tu primer viaje. Un itinerario flexible —Tokyo, Kyoto, Nara, Osaka— día por día, con horarios reales, alternativas para los días de lluvia o cansancio, dónde comer, qué saltarte y qué no, y los detalles que solo aprendes después de varias visitas.
  • Guía General de Japón. El complemento de la anterior. Etiqueta, transporte (incluido el «¿necesito el JR Pass?»), gastronomía, frases útiles, tarjetas, enchufes, seguro, lo que se hace y lo que no.

Las dos son gratuitas y te llegan al email en cuanto te apuntas. Sin spam, sin trampa: las descargas, las usas, y si en algún momento decides que mis emails ya no te aportan, te das de baja en un clic.

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Te dejo un trozo extra cuando te apuntes: una vez al mes, un rincón nuevo descubierto. Sin postureo, sin paja, sin lista de «los 10 sitios imprescindibles». Solo eso.

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